jueves, 7 de octubre de 2010

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1 comentarios:

Ana Maria Villarruel dijo...

FUNES el Memorioso (cuento, texto completo)
escrito por Jorge Luis Borges

Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un
hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria
en la mano, viéndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo del
día hasta el de la noche, toda una vida entera. Lo recuerdo, la cara taciturna y
aindiada y singularmente remota, detrás del cigarrillo. Recuerdo (creo) sus manos
afiladas de trenzado. Recuerdo cerca de esas manos un mate, con las armas de la
Banda Oriental; recuerdo en la ventana de la casa una estera amarilla, con un vago
paisaje lacustre. Recuerdo claramente su voz; la voz pausada, resentida y nasal del
orillero antiguo, sin los silbidos italianos de ahora. Más de tres veces no lo vi; la última,
en 1887... Me parece muy feliz el proyecto de que todos aquellos que lo trataron
escriban sobre él; mi testimonio será acaso el más breve y sin duda el más pobre,
pero no el menos imparcial del volumen que editarán ustedes. Mi deplorable condición
de argentino me impedirá incurrir en el ditirambo -género obligatorio en el Uruguay,
cuando el tema es un uruguayo. Literato, cajetilla, porteño; Funes no dijo esas
injuriosas palabras, pero de un modo suficiente me consta que yo representaba para él
esas desventuras. Pedro Leandro Ipuche ha escrito que Funes era un precursor de los
superhombres, "un Zarathustra cimarrón y vernáculo "; no lo discuto, pero no hay que
olvidar que era también un compadrito de Fray Bentos, con ciertas incurables
limitaciones.
Mi primer recuerdo de Funes es muy perspicuo. Lo veo en un atardecer de marzo o
febrero del año 84. Mi padre, ese año, me había llevado a veranear a Fray Bentos. Yo
volvía con mi primo Bernardo Haedo de la estancia de San Francisco. Volvíamos
cantando, a caballo, y ésa no era la única circunstancia de mi felicidad. Después de un
día bochornoso, una enorme tormenta color pizarra había escondido el cielo. La
alentaba el viento del Sur, ya se enloquecían los árboles; yo tenía el temor (la
esperanza) de que nos sorprendiera en un descampado el agua elemental. Corrimos
una especie de carrera con la tormenta. Entramos en un callejón que se ahondaba
entre dos veredas altísimas de ladrillo. Había oscurecido de golpe; oí rápidos y casi
secretos pasos en lo alto; alcé los ojos y vi un muchacho que corría por la estrecha y
rota vereda como por una estrecha y rota pared. Recuerdo la bombacha, las
alpargatas, recuerdo el cigarrillo en el duro rostro, contra el nubarrón ya sin límites.
Bernardo le gritó imprevisiblemente: "¿Qué horas son, Ireneo?"". Sin consultar el cielo,
sin detenerse, el otro respondió: 'Faltan cuatro minutos para las ocho, joven Bernardo
Juan Francisco". La voz era aguda, burlona. Yo soy tan distraído que el diálogo que
acabo de referir no me hubiera llamado la atención si no lo hubiera recalcado mi primo,
a quien estimulaban (creo) cierto orgullo local, y el deseo de mostrarse indiferente a la
réplica tripartita del otro.
Me dijo que el muchacho del callejón era un tal Ireneo Funes, mentado por algunas
rarezas como la de no darse con nadie y la de saber siempre la hora, como un reloj.
Agregó que era hijo de una planchadora del pueblo, María Clementi

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